El FMI, la desigualdad y algunos otros retos económicos

Por Francisco E. Campos Ortiz*

IMF 2012 annual meeting

Asamblea Anual 2012 del Fondo Monetario International (FMI). Imagen obtenida del sitio web del FMI.

El número más reciente de la revista del Fondo Monetario Internacional (FMI), titulada Finanzas y Desarrollo, conmemora los cincuenta años de la fundación de dicha publicación.[1] El FMI actualmente administra $760 billones de dólares, tiene por primera vez en su historia una mujer como Director Gerente, y mantiene la responsabilidad de promover la estabilidad financiera y monetaria internacional.

Si algo resulta claro al revisar la trayectoria del FMI es que ha encarado sendos retos desde que los términos de su fundación se discutieron en la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, celebrada en el Hotel Mount Washington –en Bretton Woods, Nuevo Hampshire– en 1944, incluso antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora sabemos con mayor claridad, en parte debido a la publicación de dos recuentos históricos que han generado gran interés, que la cumbre de Bretton Woods no estuvo exenta de imprevistos, dificultades, afrentas (incluso de carácter personal), disyuntivas y desacuerdos.[2] Pese a todo, las delegaciones de Estados Unidos –encabezada por Harry Dexter White– y Gran Bretaña –conducida por el afamado economista John M. Keynes[3]– lograron sentar las bases de un nuevo sistema financiero internacional que, sin embargo, no fue implementado sino hasta bien entrada la década de los cincuenta del siglo XX, y que colapsó en los albores de la década de los setenta de esa misma centuria.[4]

Quizá uno de los mayores retos actuales para el FMI, aunado a aquel de enfrentar las consecuencias de la Gran Recesión a seis años de su comienzo, sea lograr el acomodo y la representatividad de las potencias económicas emergentes en una institución que desde 1944 ha permanecido dominada por Estados Unidos y algunos cuantos países europeos. Por si fuera poco, el FMI debe superar un contexto en el que el sistema económico internacional ha avanzado –y avanza de continuo– hacia una mayor integración, mientras que el sistema político global se ha fragmentado, dificultando las reacciones a problemáticas cada vez más complejas y que se extienden con mayor rapidez.[5]

En el número ya mencionado de Finanzas y Desarrollo, el FMI convoca a cinco ganadores del Premio Nobel de Economía a discernir sobre lo que consideran como el principal reto económico para la humanidad en el siglo XXI (George A. Akerlof habla del calentamiento global; Paul Krugman discute la persistente ausencia de una demanda suficiente; Robert Solow reflexiona sobre el estancamiento secular (secular stagnation); Michael Spence discute el reto de la inclusividad; y Joseph E. Stiglitz aborda la inequidad). Los desafíos seleccionados por los afamados economistas no extrañan, pero sus exposiciones resultan sugestivas, sobre todo como punto de partida e invitación para una reflexión de mayor alcance.

Si bien las cinco problemáticas seleccionadas por los Nobel tienen una relevancia central en el presente y hacia el futuro, las siguiente líneas se enfocan en aquella planteada por Joseph E. Stiglitz (quien al hablar de la inequidad aboga por un sistema económico que sirva a la sociedad y no viceversa), máxime debido a la reciente publicación de dos obras con gran eco que examinan el tema.

Por una parte, en Por qué fracasan los países, Acemoglu y Robinson abundan sobre los orígenes de la prosperidad y la pobreza, generando un estudio sobre las determinantes del “éxito” o el “fracaso” de los países, dando cuenta a su vez del surgimiento de la disparidad de los niveles de desarrollo en el mundo. En su amplio análisis, repleto de ejemplos históricos derivados de todas las latitudes, los autores precisan al carácter de las instituciones –inclusivas o extractivas– como la principal determinante. Así, “el desarrollo y la prosperidad económicos están asociados con instituciones económicas y políticas inclusivas, mientras que las instituciones extractivas normalmente conducen al estancamiento y la pobreza”.[6] Entonces, siguiendo este argumento, la “política institucional” adoptada por cada país explicaría, en definitiva, el nivel de desigualdad tanto entre países como a su interior.

Por otra parte, Thomas Piketty recién publicó una obra que ha provocado una formidable conmoción política y académica, exaltando, además, los debates sobre la distribución de la riqueza y las paradojas del capitalismo.[7] En El capital en el siglo XXI, Piketty afirma que el crecimiento “moderno” de la economía permitió evitar el “apocalipsis marxista” pero sin por ello modificar las estructuras y desigualdades. Más aún, y aquí se encuentra la tesis central, asegura que cuando la tasa de rendimiento de capital supera de manera constante la tasa de crecimiento de la producción y el ingreso, el capitalismo “produce mecánicamente desigualdades insostenibles”. Según Piketty, este fenómeno tuvo lugar hasta el siglo XIX, cedió en gran parte del siglo XX y “amenaza con volverse la norma en el siglo XXI”.

Aunque Piketty plantea escenarios poco promisorios, no deja por ello de ser propositivo, posicionando soluciones como la creación de un impuesto progresivo mundial sobre el patrimonio y la herencia (evocando aquellos adoptados en algunas partes del mundo durante el siglo XX como respuesta a la Gran Depresión y las conflagraciones mundiales) que funjan como mecanismos para disminuir la desigualdad. Aunque esta solución sigue una cabal lógica económica, su aplicación en el contexto actual se antoja cuando menos compleja, sobre todo a la luz de la fragmentación política aludida por Lagarde. En todo caso, y citando a Krugman, tras la obra de Piketty “nunca hablaremos de la riqueza y la desigualdad de la misma forma en que solíamos hacerlo”.[8]

Más allá de las implicaciones académicas de los trabajos de Piketty, y Acemoglu y Robinson, es imprescindible –en especial entre los jóvenes– que se produzca un amplio debate sobre la desigualdad desde perspectivas innovadoras y transformadoras, produciendo así alternativas con el potencial de ser traducidas en políticas públicas que desencadenen efectos tangibles. En ese sentido, la adversa coyuntura del presente se exhibe como un escenario proclive para suscitar cambios de largo plazo en el sistema económico internacional, incluso de la talla de los encabezados en su momento por Dexter White y Keynes. Ultimadamente, y refiriendo una vez más al artículo de Stiglitz en Finanzas y Desarrollo, “los altos y crecientes niveles de desigualdad no son el resultado inevitable del capitalismo, ni tampoco el producto inexorable de las fuerzas económicas”.[9]

[1] Jeffrey Hayden (editor en jefe), Finance and Development 51, no. 3 (septiembre 2014). Disponible en línea en: http://www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/2014/09/pdf/fd0914.pdf (acceso el 17 de septiembre de 2014).

[2] Me refiero a dos libros de reciente publicación: Benn Steil, The Battle of Bretton Woods: John Maynard Keynes, Harry Dexter White, and the Making of a New World Order (Nueva Jersey: Princeton University Press, 2013); y Ed Conway, The Summit: The Biggest Battle of the Second World War – Fought Behind Closed Doors (Londres: Little Brown, 2014).

[3] Al momento de la celebración de la cumbre de Bretton Woods John Maynard Keynes se encontraba en la culminación de su carrera, habiéndose consolidado como el economista más prestigiado de su época. La participación de Keynes en la cumbre de Bretton Woods cobró gran importancia –y simbolismo–, habida cuenta de que años atrás fuese precisamente él quien criticara duramente los acuerdos económicos firmados tras el fin de la Primera Guerra Mundial (en su obra Las consecuencias económicas de la paz), mismos que finalmente contribuyeron a la erupción de la Segunda Guerra Mundial.

[4] Los objetivos de los acuerdos de Bretton Woods implicaban que las distintas divisas deberían ser convertibles en función de su relación con el dólar estadunidense; Francia y Gran Bretaña se resistían a este mecanismo. La plena convertibilidad tardó una década en alcanzarse: el franco y la libra se unieron al sistema de Bretton Woods en 1958 y 1959, respectivamente; seguidos por el marco alemán, en 1959, y la lira italiana en 1960. La Unión Soviética anunció en 1946 que no se uniría a las instituciones de Bretton Woods.

[5] Así lo ha expresado la propia Christine Lagarde en una entrevista reciente. Véase: Gillian Tet, “Lunch with the FT: Christine Lagarde”, Financial Times, 12 de septiembre de 2014. Disponible en línea en: http://www.ft.com/intl/cms/s/0/4c506aec-3938-11e4-9526-00144feabdc0.html#axzz3DCyCS5Z4

[6] Daron Acemoglu y James A. Robinson, Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, trad. por Marta García Madera (México: Crítica, 2013), p. 115.

[7] La obra fue escrita originalmente en francés (Le capital au XXIe siècle) y publicada en 2013 por la Editorial Seuil. Para la versión en inglés, ver: Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century, trad. por Arthur Goldhammer (Cambridge, Ma.: Harvard University Press, 2014). En noviembre de 2014 el Fondo de Cultura Económica (FCE) presentará la primera edición en español de la obra, traducida por Eliane Cazenave-Taropie Isoard. Para un avance, ver: La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, no. 523 (julio 2014), pp. 6 – 10. Disponible en línea en: http://www.fondodeculturaeconomica.com/subdirectorios_site/gacetas/jul_2014.pdf (acceso el 13 de septiembre de 2014). Las citas textuales del texto aquí empleadas derivan del avance de la edición en español del FCE.

[8] Paul Krugman, “Why we’re in a New Gilded Age”, New York Review of Books, 8 de mayo de 2014. Disponible en línea en: http://www.nybooks.com/articles/archives/2014/may/08/thomas-piketty-new-gilded-age/ (acceso el 13 de septiembre de 2014).

[9] Joseph E. Stiglitz, “Inequality: The Economy Should Serve Society”, Finance and Development 51, no. 3 (septiembre 2014), p. 18.

 

Texto enviado el 17 de septiembre de 2014.

Francisco E. Campos Ortiz es Responsable de Proyectos Especiales y Asociado del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi). Asimismo, es Asistente de investigación del Dr. Gustavo Vega Cánovas, investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. 

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