La vida de nosotros: consideraciones en torno a las últimas filtraciones de la NSA

Diálogo con los Jóvenes es un espacio quincenal en el que los jóvenes interesados en los temas internacionales pueden compartirnos sus experiencias y reflexiones.

04/10/13

Fausto Carbajal*

A principios de este mes, se realizó una nueva filtración concerniente al espionaje que el gobierno de los Estados Unidos, a través de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), realizó a los actuales presidentes de México y Brasil. Esta se suma a una serie de filtraciones hechas por el otrora contratista de dicha agencia, Edward Snowden, las cuales empezaron en junio del presente año.

Las recientes revelaciones han generado nuevamente toda una cadena de incomodidades y resquemores, poniendo en entredicho la legitimidad y la legalidad de los servicios de inteligencia de EUA, tanto al interior como al exterior de sus fronteras (principalmente al exterior). En esta ocasión, el presente escrito tratará estas últimas revelaciones tangencialmente, ya que me gustaría aprovechar este espacio para verter algunas consideraciones en torno al tema, de una manera más general –e incluso, si se me permite, más indefinida.

Me gustaría empezar con 1942. En junio de aquel año, en plena guerra del Pacífico, la Armada Imperial Japonesa zarpó para hacerse del control de las Islas Midway. Esta locación era estratégica para EUA pues, de caer en manos de los japoneses, los submarinos estadounidenses serían incapaces de recargar combustible en dicha locación, además de que la presencia japonesa representaría mayor riesgo para el enclave estadounidense de Pearl Harbor. El conflicto era inminente. Militarmente, los EUA llevaban las de perder con únicamente dos portaaviones. No obstante, tenían una ventaja: los servicios de inteligencia habían roto los códigos navales japoneses y, por tanto, tenían conocimiento del plan de guerra naval japonés. Lo que se esperaba como una aplastante victoria japonesa, resultó ser una derrota que reconfiguraría el curso de la guerra en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial (SGM).

Por otra parte, en el año de 1932, la inteligencia militar polaca logró descifrar los códigos de la máquina de codificación alemana conocida como Enigma. Aquella labor de inteligencia en tiempos de paz, fue determinante para el éxito aliado llegado el momento durante la SGM.

Hago mención de estos dos ejemplos históricos porque permiten sacar dos conclusiones: una es que la inteligencia de comunicaciones (comint) –la cual es una subdivisión de lo que se denomina genéricamente como inteligencia de señales (sigint)- ha sido una constante en los servicios de inteligencia, primordialmente desde la SGM. La segunda conclusión es, a saber, que la inteligencia en periodos de guerra es un arte, y la inteligencia en períodos de paz es otro. En cualquier situación, son artes que un Estado tiene que practicar.

Previamente a la Guerra del Peloponeso, por ejemplo, los lacedemonios (espartanos), indecisos y ensimismados en sus fronteras, cometieron una seria falta –de principio a fin- en el ciclo de inteligencia para prever, poco tiempo después del final de las Guerras Médicas, y en adelante, el poder que querrían y adquirirían los atenienses. Ya cuando trataron de reaccionar y le declararon la guerra a Atenas, era demasiado tarde. La inteligencia es eminentemente una herramienta de prevención. En un entorno competitivo como la arena internacional, reaccionar en la guerra no es suficiente; en cambio, se tiene que prever incluso durante tiempos de paz.

No tengo por qué realizar una apología a EUA, pero, ¿actuaría de diferente manera otro Estado?; más aún, ¿actuaría de diferente manera un imperio, una potencia? No se trata de hacer un llamado al cinismo y decir que así son las cosas. Acudiendo de nuevo a Tucídides, los estadounidenses seguramente dirán que “Ninguna cosa hicimos que os debáis maravillar, ni menos ajena de la costumbre de los hombres, si aceptamos el mando y señorío que nos fue dado…”. En última instancia, la lógica del poder es una,  “y no lo queremos dejar por tres grandes causas que a ellos nos mueven, es a saber, por la honra, por el temor, y por el provecho”.

“En una guerra global y totalitaria, la inteligencia debe ser global y totalitaria”. Esto es lo que el General William Donovan, promotor de la CIA, creía que debería ser la inteligencia en 1944 –tres años antes de la creación de aquella agencia. ¿Qué pasa hoy, cuando el actor que representa una amenaza es no estatal, sus fuerzas irregulares, y su posición difumina fronteras geográficas? La cosa se complica cuando un Estado se enfrenta al terrorismo o al narcotráfico. No hay una declaración de guerra tradicional, ni tampoco una rendición. Tampoco hay tratados de paz. El éxito en una batalla ya no se celebra o se recuerda, como la toma de Barcelona en 1714 por Felipe V. Los fracasos, en cambio, resultan ser desastrosos: con la explosión de una olla exprés se pone en calidad de sitio a una ciudad como Boston.

Ahora bien, también sería ingenuo omitir los usos políticos de cualquier guerra. Por ello hay que reconocer que el terrorismo ha sido un eficiente recurso para presionar política y militarmente a otros Estados. También sabemos del uso político del espionaje, y de las consecuencias de que las  instituciones encargadas no sean de Estado sino de gobierno, o incluso partido. La primera de ellas: la desconfianza generalizada hacia la institución. Pero estas cosas, en este momento, corresponden a otro texto.

La aseveración del Gral. Donovan no está tan alejada del objetivo declarado de la Stasi: “saber todo”; y este objetivo sobre “la vida de los otros”, tampoco se encuentra lejano a lo que la NSA hace con las telecomunicaciones y el internet. Sin embargo, este no es un caso aislado; Estados Unidos no ha tenido empacho en suprimir la libertad en nombre de la seguridad en repetidas ocasiones. No es la primera vez, por ejemplo, que el gobierno viola la privacidad de sus habitantes al leer sus correos (ahora electrónicos); habría que recordar el programa HTLINGUAL, emprendido en suelo estadounidense, en tiempos de la Guerra Fría por la CIA y el FBI, y encabezado por el enigmático James Jesus Angleton. La historia nos enseña que muchas veces en el correlato seguridad-libertad esta última se ha visto afectada, y, en muchos casos, con una sorprendente aceptación de la sociedad. Un elemento de las sociedades contemporáneas, dice Foucault, es precisamente el panoptismo que conlleva a las sociedades disciplinarias; es decir, aquél sistema de vigilancia y poder que se ejerce sobre el individuo mediante una base de castigo y recompensa, la cual produce conductas disciplinadas en función de las normas establecidas. La forma cómo se internalicen en el individuo este tipo de métodos de vigilancia resulta preocupante.

Por otra parte, no es la primera vez en que un aliado estratégico quiere saber más de nosotros. A principios de la década de los noventa, el Centro de Seguridad de las Telecomunicaciones de Canadá (CSE), la agencia responsable de la generación de sigint del país, monitoreó las comunicaciones que salían de la Embajada de México adscrita, durante las negociaciones que se dieron previa firma del TLCAN. El espionaje económico-comercial, político, militar, son prácticas recurrentes de los Estados porque los intereses geopolíticos lo ameritan. No es sorprendente que a EUA le interesa saber sobre temas relacionados con el narcotráfico, la reforma energética, la situación política y social del país, etc. Recientemente, en los periódicos se publicó una nota sobre el reporte hecho por el Servicio de Investigación del Congreso de EUA, en donde se reconoce que “el futuro de la producción de petróleo y gas en México es de gran importancia para la seguridad energética de EUA”[1]. No es sorprendente que cualquier país eche a andar su andamiaje institucional para saber acerca de cuestiones que consideren estratégicas. Lo que me asombra es otra cosa.

En un texto, Michelle Van Cleave se sorprende de que la contrainteligencia estratégica, a diferencia de la inteligencia estratégica, permanezca como un concepto poco explorado, tanto en la teoría como en la práctica. Una parte importante de esta labor reside en entender el propósito y la forma en que lo otros Estados usan sus recursos de inteligencia para adquirir ventaja, y así poder dominar la capacidad para contrarrestarlos. En términos prácticos, la contrainteligencia es, como en el box, el arte de pegar y que no te peguen.

A manera de conclusión, ante esta aversión que despiertan los servicios de inteligencia nacionales y extranjeros, ¿cuál tendría que ser el intercambio entre libertad y seguridad en un Estado moderno? La seguridad sin libertad es insostenible para cualquier sociedad (y en última instancia para cualquier gobierno). Pero, por otro lado, la libertad sin seguridad contribuiría al caos y el único beneficiado sería el más fuerte. Los padres fundadores de EUA sabían que no tendrían una marina mercante que favoreciera el comercio si no había una marina armada que los protegiera de los piratas (¿británicos?, ¿franceses?, quien sea). Nosotros lo experimentamos en el actual contexto del combate al crimen organizado: colonias y vecindarios que han visto afectada su libertad por cuestiones de inseguridad.

En un discurso ante miembros de la Universidad de la Defensa Nacional, en Fort McNair, Barack Obama reconoció que “esta guerra [contra el terrorismo], como todas las guerras, debe terminar. Eso es lo que la historia sugiere. Eso es lo que nuestra democracia demanda”. Es cierto, la esencia de la inteligencia no ha variado mucho: la información como base para el  conocimiento; el conocimiento como base para las decisiones; nuestras decisiones en función de la seguridad nacional, la seguridad nacional en función del interés nacional. De igual forma, los servicios de inteligencia nunca dejarán de generar conocimiento, para eso han sido creados y utilizados a lo largo de los siglos. No obstante, sí es necesario repensar el correlato seguridad-libertad en el marco de un Estado moderno.

En la vida hay momentos en que las cosas comienzan a no ser lo que eran. Mutan, se trastocan, o simplemente se olvidan. El Estado democrático se encuentra ante serias disyuntivas; en un sistema internacional anárquico, globalizado y con nuevos actores, pareciera que la guerra y la paz son estados intermedios. ¿Cómo enfrentar los nuevos retos en materia de seguridad? ¿Cómo hacerlo sin subvertir el compromiso democrático que tiene el Estado? ¿Cómo hacerlo sin subvertir a la Constitución? ¿Alcanza el argumento pragmático del bien mayor? Habrá que tener en cuenta que “quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo.” El problema no es que existan estos programas como los de la NSA (la NSA para eso fue creada), sino que puedan perdurar sin el menor contrapeso posible.  ¿Qué tan lejos queremos ir para proteger lo que, para nosotros, vale la pena? ¿Qué se está protegiendo? Entre otras preguntas que se hace Arnold Wolfers no dejan de tener vigencia estas: ¿seguridad por qué valores?, ¿seguridad a qué costo?


[1] http://www.eluniversal.com.mx/nacion-mexico/2013/considera-eu-34vital-34-reforma-energetica-950302.html

*Fausto Carbajal es internacionalista.

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