Apuntes sobre Juan Linz

26/10/13

Sergio González Serna

A casi un mes de su partida, me gustaría recordar al gran politólogo, Juan Linz. En su obra más reconocida, Totalitarian and authoritarian regimes, Linz separa los regímenes de gobierno en democráticos y no democráticos. Dentro de los no democráticos existe una subdivisión entre los regímenes totalitarios y los autoritarios.

Su principal división conceptual estaba basada en la delimitación de las esferas pública y privada, entre el estado y la sociedad. En un régimen totalitario, el estado está presente en todos los niveles de la vida de una persona, no existe la frontera entre la vida pública y la privada; en un régimen autoritario, esta frontera es difusa; mientras que en un régimen democrático esta frontera está claramente delimitada.

Por eso, regímenes totalitarios sólo dos: el nacionalsocialismo alemán y el estalinismo en la Unión Soviética. Sus características eran: ideología totalista, partido único comprometido con esta ideología y dirigido por una persona (el dictador), policía secreta completamente desarrollada; control monopólico de los medios de comunicación; control monopólico de las armas; y control monopólico de todas las organizaciones (incluidas las económicas, lo que derivó en una economía planificada y centralizada). Linz excluye la variable del terror, previamente utilizada por Hannah Arendt para explicar a los totalitarismos.

En un régimen autoritario, el pluralismo es limitado porque el número de participantes está claramente definido. Hay un número limitado de élites que están involucradas en el proceso de toma de decisiones. A diferencia de los regímenes totalitarios en donde el partido es el único actor político. Hay un centro de poder monista pero no monolítico, y cualquier pluralismo de instituciones o de grupos que exista deriva su legitimidad de ese centro y es en su mayor parte una creación política, más que un resultado de la dinámica de la sociedad previamente existente.

Los regímenes totalitarios crean una ideología, un cuerpo coherente de valores y de ideas que tiene una estructura consistente. Hay una ideología exclusiva, autónoma y más o menos elaborada intelectualmente, con la cual se identifican el grupo gobernante o el líder y el partido que sirve a esos líderes, y que emplean como base para su política o que manipulan para legitimizarla. La ideología va más allá de un programa particular o de una definición de los límites de la acción política legítima para, supuestamente, proveer algún significado ulterior, sentido de propósito histórico e interpretación de la realidad social. En los regímenes autoritarios existe una mentalidad en vez de una ideología, a partir de que la primera es más emocional que racional. Una mentalidad no es tan elaborada como una ideología, es más difusa y tiene menos consistencia. Por lo anterior, los regímenes autoritarios se suelen apoyar en nacionalismos vagos (de héroes y batallas) no agresivos ni expansivos, más bien moderados. Basta recordar el nacionalismo no antiimperialista de México en los cincuenta y sesenta. Esta mentalidad si bien es difusa, también es capaz de generar consensos y movilizar apoyos e favor del régimen autoritario.

Por su parte, en los regímenes totalitarios, la movilización es inducida y controlada desde arriba. Se alienta, se exige y se compensa la participación ciudadana en una activa movilización en favor de tareas políticas y colectivas. La obediencia pasiva y la apatía, características de muchos regímenes autoritarios, son rasgos considerados indeseables por los gobernantes. Mientras en los regímenes autoritarios, la movilización es mucho menos intensa, con un fin muy preciso (ya fueran coyunturas electorales, ya momentos de apoyo, ya decisiones presidenciales trascendentales, etc.). Un régimen autoritario le tiene miedo a la movilización social porque conoce cómo empieza, pero nunca su desenlace. Por lo anterior, la movilización no es continua ni constante, es más bien limitada y controlada; prefieren la apatía y la despolitización.

 

Así, pues, son regímenes autoritarios las dictaduras burocrático-militares como las de Sudamérica en los sesenta y setenta; los regímenes nacionalistas de partido dominante como los de los países asiáticos y africanos luego de sus independencias como en Indonesia o Pakistán; las nacionalismos islámicos socialistas (recurrentemente liderados por el Partido Bath), como en Iraq o Egipto; los fascismos y los estados corporativistas-religiosos; las democracias raciales o étnicas como el Aparthaied en Sudáfrica; y los regímenes postotalitarios comunistas como Cuba, China, Corea del Norte, Albania o Vietnam. ¿Y México? México, junto con Turquía, entraba dentro de aquellos regímenes autoritarios preocupados por los procesos básicos de modernización (educación, salud, etc.), para crear las condiciones y las instituciones necesarias para una próxima, posible y deseada democracia.

Caso aparte son los regímenes sultanísticos de los países musulmanes que no pueden ser categorizados dentro de la tipología de Linz porque su característica esencial es la inexistencia de un cuerpo de leyes y la discrecionalidad para su aplicación.

En los sesenta, Linz argumentaba que los regímenes autoritarios no eran regímenes de transición hacia un régimen democrático. Las instituciones del autoritarismo no van a evolucionar hacia la democracia. Claro que cabía la posibilidad pero no era la constante. No obstante, luego de la tercera ola de democratización que comienza con la Revolución de los Claveles en Portugal en 1974, seguida por la caída de la Dictadura de los Coroneles en Grecia y finalmente el desmoronamiento del Franquismo en España, Linz modifica su argumento original. El principal cambio conceptual, para Linz, en estos casos vino, a partir del pluralismo político y la movilización social.

Entonces, de acuerdo con Linz y hasta hoy, la diferencia principal entre un régimen democrático y otro que no lo es radica en la delimitación de lo público y lo privado.

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