De los sesenta a 2013: las movilizaciones juveniles como avanzada del debate público futuro

12/08/13

Sergio González Serna

La Segunda Guerra Mundial provocó mayores pérdidas de vidas civiles que militares. La destrucción de casas-habitación también fue considerable, junto con caminos, puentes vías férreas y demás infraestructura, aunque cabe mencionar que la planta productiva europea se vio afectada en menor escala. Vino una época de racionamiento y escasez para Europa, la posguerra. Basta recordar las filas para recibir alimentos que se hacían en Londres y Manchester o ver la película “El ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica. El invierno de 1947, además, fue crudo.

En los cincuenta, ya con el Plan Marshall en acción y la recuperación productiva, comienza el resurgimiento de Europa. El consenso giraba en torno a la planificación estatal para la reconstrucción. El flamante estado de bienestar ha sido la base del consenso europeo de la posguerra, como dice Tony Judt. El milagro europeo vino acompañado de un marcado aumento en los índices de natalidad: el “baby boom”.

Estos baby-boomers representaban la primera generación de jóvenes que no iría a la guerra. Jóvenes cuyos padres habían luchado en la guerra mundial (algunos padres habían luchado en la primera y la segunda guerras mundiales) para brindarles libertad y democracia; jóvenes a los que sus padres les habían heredado un mundo mejor, lleno de esperanza… y de armas nucleares. En ese contexto es en el que los jóvenes se rebelan, tal como se puede ver en la película “Rebeldes sin causa” con James Dean; para que quiero un mundo mejor si las bombas nucleares le aseguran su propia destrucción, cuánta desesperanza. Así, es posible argumentar el nacimiento de los jóvenes como categoría sociológica. Ya no pasaban automáticamente de niños o adolescentes a adultos; ahora nacía una categoría intermedia: los jóvenes, que usaban chamarras de cuero y jeans, en franca desaprobación al riguroso traje y corbata que portaban sus padres.

Además, existía otra tensión: los gobernantes de estos jóvenes eran Churchill, De Gaulle, Attlee, Gaspieri, todos ellos hombres de más de 70 años, nacidos en el siglo XIX y cuyos padres los habían educado al más puro estilo decimonónico, ya habían visto dos guerras mundiales y habían sido testigos del fracaso de todas las Europas posibles. A pesar de la supuesta refundación política de Europa, todavía ciertas prácticas y normas provenían de antes de la Segunda Guerra Mundial. Algunas de ellas, incluso, originadas en los regímenes fascistas. Era imposible hacer tabula rasa, si se toma en consideración que la guerra había terminado apenas quince años antes.

La década de los sesenta se caracteriza por la explosión demográfica y el disparejo crecimiento de la estructura educativa. A los baby-boomers ya no les tocó el racionamiento de la guerra; de hecho, fueron ellos los primeros en beneficiarse del estado de bienestar europeo. Para ellos ya no se discute el derecho a un estado benefactor, la discusión gira en torno a cómo se va a financiar y a masificar.

Lo anterior fue el caldo de cultivo para los movimientos juveniles de los sesenta. La mayoría de estos movimientos tienen su origen en demandas estudiantiles. La Universidad de Berkeley en California es el ícono de estos movimientos estudiantiles, pero lo mismo ocurrió en París, Londres, Roma, Checoslovaquia y México. Todavía se llevaban a cabo juicios escolares porque los hombres entraban al dormitorio de las mujeres, tal como lo indica Marwick. Entonces, las demandas educativas fueron el origen de estos movimientos. Cabe mencionar que en estos casos, una característica fundamental fue que los jóvenes lograron el apoyo de sus padres en torno a sus reivindicaciones, en oposición a las autoridades educativas y las viejas normas autoritarias.

Si bien es cierto que la década de los sesenta es recordada por las grandes manifestaciones y protestas en favor de las demandas estudiantiles, los derechos civiles, el desarme nuclear o en contra de la guerra de Vietnam, también es cierto que estas demostraciones de ímpetu colectivo, por un lado, se desarrollaron en un contexto político sumamente rígido y adverso y, por otro, los resultados políticos que obtuvieron fueron más bien magros, o cuando menos no dieron fruto en el corto plazo. Se forjó una agenda global que mezclada con las demandas locales generó un estado de ánimo de amenaza ante el conflicto. Por ejemplo, dentro de las protestas estudiantiles hubo varias agendas, pero dos eran las principales: la agenda interna sobre demanda educativa y la agenda externa en favor de los derechos civiles y en contra de la guerra de Vietnam.

Ninguna de estas protestas derrocó ningún régimen, ni siquiera un sólo gobierno, e incluso se fortalecieron los sectores conservadores que se oponían a ellas, lo cual se comprueba como la llegada al poder de Richard Nixon en Estados Unidos en 1969 o la permanencia de los gaullistas en Francia (Pompidou y Giscard d’Estaing). Amplios sectores sociales no estaban de acuerdo y algunos hasta repudiaban a los movimientos de protesta. Incluso, es posible argumentar que el neoconservadurismo de los ochenta (Reagan y Thatcher) es producto de la contra-agenda de los sesenta.

En ese estado de ánimo de amenaza emergen la pragmática conservadora y las políticas de la ansiedad. Para Rodríguez Kuri, la pragmática conservadora y las políticas de la ansiedad responden a la sensación social de amenaza por el cambio en las relaciones de autoridad. Esa extraña y molesta sensación de no saber qué buscan los jóvenes retando al sistema autoritario y patriarcal. Ambas aparecieron también en México como la respuesta inmediata de amplios sectores de la sociedad mexicana ante la acechanza del cambio. Esas mayorías silenciosas que no se movilizan, que no ocupan las calles, pero que sí votan y, que no son necesariamente contrarias al uso de la fuerza. Mismas mayorías silenciosas a las que apeló Richard Nixon en 1969 sobre la Guerra de Vietnam y que lo llevaron a la presidencia. Esta lógica también puede usarse para explicar el triunfo de Georges Pompidou en Francia. En Italia permaneció la Democracia Cristiana y en el Reino Unido triunfó el conservador Edward Heath. Y cabe recordar que la reforma política de Reyes Heroles en México no llegó sino hasta 1977. Una de las pocas excepciones fue el socialdemócrata Willy Brandt, quien lanzó su Ostpolitik para aproximarse hacia la Alemania del Este.

Ante el uso de la fuerza, es importante darle peso a las tradiciones policiales, es decir, quién es la policía y cómo se comporta, tal como lo hace Marwick. En los sesenta, la guardia nacional estadunidense estaba constituida principalmente por blancos de pueblos rurales, en su mayoría sin educación. Las guardias de seguridad francesas estaban más preparadas y tecnificadas, eran una especie de guardia de élite. En Gran Bretaña, la policía controló sin mayores contratiempos toda la efervescencia de la década sin utilizar las armas. Por su parte, la policía italiana se caracterizaba por su alto grado de militarización y por estar penetrada por los partidos políticos. En el caso mexicano, Rodríguez Kuri establece que la primera que enfrentó las protestas estudiantiles no fue la policía de élite, sino la tropa, es decir, los granaderos y policías de la Ciudad de México, los cuales se vieron francamente superados, aunque luego vino la represión ahora sí organizada y con capacidades de la Dirección Federal de Seguridad y el ejército.

En México, el contexto y el desenlace de la década de los sesenta, aunque particulares, siguieron el mismo camino. La agenda de México en los sesenta también era la de un país convulsionado. Se reprimió fuertemente a los maestros en 1958 y a los ferrocarrileros en 1959, en 1965 a los médicos de la Ciudad de México y en 1968 a los estudiantes, además de las presiones del sector rural, que dieron lugar a los primeros brotes guerrilleros. Los propios lazos burocráticos y las alianzas corporativas claramente le mostraron su apoyo al régimen; de igual manera lo hicieron los empresarios, aunque la Iglesia no lo hizo. Díaz Ordaz estaba convencido de que tenía el apoyo popular.

En México los resultados políticos fueron muy similares, casi insignificantes. Luego del parteaguas político que significó 1968, paradójicamente no hubo ninguna reforma política que lo reflejara; de hecho, hubo una involución política. En la elección presidencial de 1970 el PRI triunfó con más del 70 por ciento de los votos y en la de 1976 solamente se presentó el candidato oficialista para competir. La reforma política sustantiva más próxima puede rastrearse hasta 1977.

Según Judt, en Europa, el equilibrio de fuerzas entre los bloques políticos establecidos no se ve alterado por las protestas porque las prioridades de la agenda de centro-izquierda y las de centro-derecha eran básicamente compatibles. Con excepción del Partido Verde en Alemania, no hay nuevos actores políticos. Los actores políticos relevantes siguen siendo los mismos de la posguerra: los liberales, los demócratas cristianos y los socialistas. En los sesenta nadie discute la alianza estratégica del lado norteamericano en la Guerra Fría. Es notoria la importancia de la bipolaridad de la Guerra Fría como límite de la política posible. La sombra de una guerra mundial era algo práctico y latente.

Los elementos más arraigados de la política en los años sesenta se impusieron sobre este frenesí de movilizaciones sociales. Las protestas se dieron en el marco de modelos políticos más bien rígidos, legal e institucionalmente establecidos y bien anclados, razón por la que no se interrumpen. Al término de la década, había triunfado la continuidad política y las movilizaciones fueron derrotadas política y electoralmente.

Hasta la década de los setenta se pudieron observar algunos de los logros de las movilizaciones juveniles, como, por ejemplo, la despenalización del aborto, la distención en la carrera armamentista y nuclear, el fin de la guerra de Vietnam, y los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos.

En los setenta surgen dicotomías al interior de los regímenes democráticos: laboristas y conservadores en Gran Bretaña, Gaullistas (conservadores) y el Polo de Izquierda (socialistas y comunistas) en Francia, socialdemócratas y social-cristianos en Alemania. Para Judt, en este marco político hacen su aparición nuevas agendas y actores, debidos principalmente a las reformas sociales y laborales, a las políticas de planeación demográfica, al estado de bienestar, a los cambios en los patrones de movilidad social, a los flujos migratorios internos de Europa, a la capacidad de compra y el consumo, al ascenso de las clases trabajadoras, a la incorporación de las mujeres al mercado laboral. El éxito de estas reformas terminó por agotar las propuestas programáticas de los partidos tradicionales. La variedad de nuevas agendas fue muy amplia; agendas como la de género o la ambiental, en favor del aborto o el divorcio, demandando guarderías, reivindicando una lengua (como en Bélgica) o una religión (como en Irlanda del Norte), e incluso agendas pacifistas y contra el desarme nuclear. Algunas de las nuevas demandas y sensibilidades fueron incorporadas por los partidos políticos clásicos como la de género, mientras que otras, como la ambiental se convirtió en organización política, Partido Verde, en algunos países.

Los jóvenes se despolitizaron, algunos dirigentes fueron cooptados y otros, los menos, se radicalizaron ante la cerrazón, como la Liga 23 de Septiembre en México. Para la década de los ochenta este proceso culminaba con el surgimiento del neoconservadurismo. Margaret Thatcher y Ronald Reagan asumen el poder en Gran Bretaña en 1979 y en Estados Unidos en 1981 respectivamente. Ambos gobiernos de corte conservador atacaron decidida y explícitamente algunos aspectos del estado de bienestar y del modelo político que lo hacía posible. En el plano de la Guerra Fría, vino una etapa de recalentamiento de las tensiones en la década de los ochenta, como las guerras civiles en Centroamérica; Ronald Reagan lo llamo Star Wars. El fin de la Guerra Fría les dio la razón. Tal como lo establece Tony Judt, estaba naciendo un nuevo realismo cuya primera víctima fue el consenso que había arropado al estado de la posguerra y a la economía neokeynesiana y de pleno empleo que lo fundamentaba en los ochenta.

El fin de la Guerra Fría, con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, desembocó en un mundo con una potencia hegemónica única promotora de la democracia liberal y el libre mercado en materia económica: los Estados Unidos de América, lo que algunos autores llaman la Pax Americana. Además de la tercera ola de democratización, iniciada en 1974 con la Revolución de los claveles en Portugal, la cual se extendió hacia España, Grecia, Sudamérica, Europa del Este e incluso algunos países de Asia.

La creación de un nuevo consenso económico internacional, conocido como el consenso de Washington, el cual preconiza medidas de ajuste económico estructural, llamadas reformas neoliberales tales como privatizaciones, liberalización comercial, desregulación, saneamiento de las finanzas públicas, etc. El surgimiento del fenómeno de la globalización como catalizador de una integración económica, política, social, tecnológica y cultural supranacional. Relaciones que no necesariamente son Estado a Estado, sino que involucran actores no estatales y por encima de las fronteras geográficas y los límites de los niveles de análisis. Es la aparición del trasnacionalismo mediante procesos de intercambio de información y comunicación guiados principalmente por actores no estatales como las ONGs.

En este contexto, o quizá en el agotamiento del consenso en el que se basa, es en el que surgen los movimientos juveniles actuales, a 20 años del fin de la Guerra Fría. Las causas son varias: la crisis financiera internacional; las crisis de las instituciones de representación (como los partidos políticos, los sindicatos o incluso las religiones); el aumento en los precios de los alimentos; la falta de oportunidades de trabajo para generaciones cada vez más calificadas; y la exigencia de mayores libertades (como en los países árabes) o el acortamiento de las libertades por parte del estado (como en Estados Unidos desde la guerra contra el terrorismo).

La situación mundial actual, nos deja, pues, ante un escenario muy similar al de la década de los sesenta: con amplias demostraciones de ímpetu colectivo en un contexto político y económico más bien rígido y adverso que derivan en resultados políticos magros o, cuando menos, sin fruto en el corto plazo. A mi parecer, el hito que refleja esta paradoja entre el ímpetu de los jóvenes y la cerrazón de las paredes institucionales es la elección del presidente Obama en los Estados Unidos. Obama llegó a la Casa Blanca en 2008 con el apoyo fundamental de los jóvenes norteamericanos, luego de una exitosa campaña electoral en términos de manejo de medios y redes sociales y con un discurso impecable basado en la esperanza, el cual, aunque populista, movilizó a los jóvenes como no sucedía desde hacía 40 años. Me atrevo a decir que la elección de Obama fue una suerte de revolución de los jóvenes estadounidenses.

La desazón de los jóvenes viene con el desempeño de Obama ya en la presidencia. Un presidente que se enfrenta al Congreso, a los lobbies, a los grupos de presión, a la crisis financiera internacional, a la Rusia de Putin, al abismo fiscal, al agotamiento de la guerra en Iraq y Afganistán, etc. Y los jóvenes que se decepcionan porque no mejora sustancialmente la economía y la creación de empleos, los “dreamers” que no ven la hora en la que se apruebe la reforma migratoria, el ejército que sigue en Afganistán, y el gobierno que apuesta por los drones y el recorte de libertades en el uso del internet. Una frase escuchada a un joven norteamericano es sintomática: “Obama, el candidato, sigue siendo, hasta la fecha, mi Obama favorito.”

En la actualidad, hemos visto el surgimiento de innumerables movimientos juveniles alrededor del mundo. Los agravios y sus demandas son variopintos. Sin embargo, la frustración o indignación es la constante. Los indignados son una multitud variada que buscan re-imaginar la forma de hacer política en democracia; algunos solamente se quejan, otros organizan asambleas, escriben resoluciones y proponen la democracia directa, aunque también hay muchos que sencillamente quieren mostrar su rabia meramente con su presencia. Los indignados generalmente se manifiestan de forma pacífica.

Existen varios tipos de indignados. En primer lugar están los indignados por la economía, como los ocupas como en Wall Street que señalan a las instituciones financieras y económicas internacionales como corruptas, opacas y enflaquecidas por la desregulación; en este grupo también entran los indignados por la situación económica y el desempleo que los deja en la desesperanza, como el M15 en Madrid, el cual sirvió de inspiración para los jóvenes indignados en Lisboa y Atenas. Cabe recordar que el movimiento español Democracia Real Ya, en algunas de sus manifestaciones mostraba carteles con el mensaje: “Shhhhh… no hagan ruido que despiertan a los griegos”. Durante las protestas en Atenas, una gran lona fue desplegada frente a la embajada española la cual decía: “¡Estamos despiertos! ¿Qué hora es? ¡Ya es hora de que se vayan!”, en referencia a la clase política griega.

En Grecia, el movimiento Democracia Directa Ya (Amesi Dimocratia Tora!) combinó agravios socioeconómicos con reivindicaciones políticas. Además, el derecho a la resistencia es un derecho constitucional griego, por lo que las manifestaciones pacíficas, en ocasiones se radicalizaron. Algunos mensajes de sus carteles eran los siguientes: “Error 404, Democracy not found”, “Yo voto, tu votas, el vota, nosotros votamos, ustedes votan, ellos ROBAN”, y “Oust!” (interjección que puede ser traducida como ¡largo!, o ¡fuera!). En Tesalónica, los jóvenes pusieron una manta enorme que decía “For sale” (“en venta”) sobre la Torre Blanca, principal símbolo de la ciudad, en alusión a las privatizaciones anunciadas, e imitaban los cacerolazos argentinos de 2001.

En Portugal, los movimientos “Geração à rasca” y “Que se lixe a Troika!”, al más fiel estilo de la revolución de los claveles salieron a la Avenida da Liberdade de forma pacífica con pancartas que decían: “A rua é nossa”, “I’m too sexy for Helena André” (Ministra de Trabajo), “Esta é a nossa mocão de censura”, “Quem tem medo fica em casa”, “Buy, Buy; Bye Bye”, “Eles comem tudo e nao deixam nada”. “Futuro não sei se eu tenho!”, decía una de las pancartas sostenidas por una manifestante en la Praça do Comercio de Lisboa la tarde del domingo 30 de septiembre de 2012.

El segundo tipo de indignados es el de los indignados políticos, en donde podemos incluir a los nuevos Partidos Piratas surgidos en los países nórdicos y en Alemania como una especie de parodia o crítica a los caducos partidos tradicionales y sus programas que apostó por los cauces institucionales para intentar competirles, aunque con resultados todavía irrelevantes. En este mismo grupo, aunque parezca paradójico, es posible ubicar el renacimiento de la extrema derecha en Europa, principalmente apoyada por jóvenes como el caso de Marine Le Pen en Francia y, sobre todo, el esquizofrénico surgimiento de un partido neonazi que atacan inmigrantes: Aurora Dorada en Grecia. Los casos anteriores demuestran que los movimientos juveniles no tienen una sola ideología ni mucho menos un solo programa.

El tercer tipo de indignados son los jóvenes liberales de los países árabes. La llamada “Primavera árabe” surge con la inmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez, un joven vendedor ambulante de frutas y verduras, quien ante la desesperación por el aumento en los precios de los alimentos no encontró más remedio que prenderse fuego. Así nace la revolución de los Jazmines en Túnez que derivó en el derrocamiento de Ben Alí. Aquí también, causas económicas derivaron en agravios políticos y demandas democráticas. La crisis económica internacional se conjugó con la desesperación para dar pie a amplias movilizaciones sociales.

Como es bien sabido, el caso tunecino se contagió a los vecinos Egipto, Marruecos, Argelia y Libia, y del Magreb saltó al resto del mundo islámico: Yemen, Bahréin, Kuwait, Arabia Saudita, Siria e Irán. Las principales demandas eran en contra de los regímenes autoritarios que los gobiernan, lideradas por jóvenes liberales, por lo que este tercer tipo de movimientos puede ser catalogado como prodemocracia.

El caso tunecino y el egipcio, emblemáticos de las revueltas árabes, fueron los únicos que lograron, al menos derrocar al régimen autoritario. Las caídas de Ben Alí y Hosni Mubarak fueron alimentadas por multitudinarias marchas, organizadas principalmente por jóvenes a través de medios electrónicos y las redes sociales. Resultan de vital importancia dos cosas: el acceso a Internet y la moderación de las fuerzas coercitivas, a diferencia de otros casos como Yemen, donde la penetración del Internet es nula, o Siria, en donde el gobierno de Bashar al-Asad opuso una feroz resistencia sin miramientos para atacar a los opositores y derramar la sangre necesaria.

Túnez y Egipto demuestran los alcances y límites de las movilizaciones y demandas de los jóvenes de corte liberal, educados y con acceso a internet. En ambos casos derrocaron al régimen apoyados por el ejército, quien, a cambio de permitir elecciones, garantizó sus privilegios y posiciones. Entonces el primer límite fue el uso de la fuerza y la muralla que representa el ejército. El segundo límite, y el más doloroso, fueron los resultados electorales; los jóvenes liberales no contaban con un partido político registrado, ni tampoco con redes clientelares establecidas, ni mucho menos con capacidad de difusión en las zonas rurales más allá de El Cairo y las principales ciudades. Esta situación fue bien aprovechada por los islamistas, principalmente los Hermanos Musulmanes, quienes ya contaban con redes clientelares, redes de caridad o redes de enseñanza religiosa para alzarse con el poder.

Los desenlaces ya los conocemos. En Túnez, Gannouchi desarrolla de manera lenta y gradual y gobierno de corte islámico moderado que, al mismo tiempo que da cabida a las aspiraciones de los jóvenes, no provoca a los militares. En Egipto, el ejército, remanente del gobierno de Mubarak, ha decidido remover mediante un golpe de estado al gobierno islamista de Mursi porque sobrepasó los límites de la moderación y los jóvenes lo han apoyado.

El resto de los casos de la Primavera Árabe son tan disímbolos que más bien podría hablarse de distintas revueltas en los países islámicos. En Marruecos y Argelia vino una etapa de liberalización política sin democratización. Libia y Siria se enfrascaron en sendas guerras civiles sin opciones democráticas y con desastrosos resultados. En Yemen derrocaron a Saleh y todo continuó igual. En Bahrein la cerrazón se impuso. En Kuwait y Arabia Saudita se amplió la participación de las mujeres en los Parlamentos, instituciones que realmente no son muy representativas ya que las decisiones las toma el Consejo de Gobierno. Además, en Arabia Saudita, la explosión de blogueros ha sido dura y silenciosamente reprimida.

Finalmente, el caso iraní es singular desde la reelección de Adhmadineyad en 2011; los jóvenes salieron a las calles denunciando un fraude electoral, pero no lograron revertir el resultado; no fue sino hasta 2013, cuando en unas elecciones con puros candidatos duros aprobados por el Consejo Supremo, los iraníes votaron por el único candidato moderado, lo cual puede ser visto como un acto de protesta por cauces institucionales. Así, pues, en el recuento de los límites y alcances de las revueltas árabes, el despertar y la indignación democrática de los jóvenes se topó con instituciones francamente insalvables, siendo Túnez el único ejemplo de cambio político real. En pocas palabras, los resultados político-electorales son prácticamente nulos.

El cuarto tipo de jóvenes indignados apela principalmente a mejorar las condiciones y la calidad educativa, mayor gasto público en educación, tarjetas de transporte estudiantil, igualdad de oportunidades de acceso a la educación y de vinculación productiva, tal como sucedió en 2006 en Chile con los estudiantes de secundaria y preparatoria y su “Revolución Pingüina” (por su tradicional uniforme), justo al estreno de Bachelet. Estas demandas se mantuvieron a lo largo de su gobierno y fueron un tema fundamental en las elecciones de 2010 en las que Sebastián Piñeira, de la derecha, le arrebató el gobierno a la Concertación de centro-izquierda (encabezada por el Partido Socialista) que llevaba en el poder desde la caída de Pinochet en 1989 (Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet). Las demandas educativas de 2011-2013, encabezadas por Camila Vallejo, que buscan mayores recursos para la educación pública, en especial para la media superior y superior, se mantienen hasta la fecha y representan la movilización social más importante en Chile desde el retorno de la democracia ya que han logrado movilizar, incluso, a la Central Unitaria de Trabajadores de Chile en paro nacional, lo que obligó a Bachelet, en su momento, y a Piñeira, actualmente, a remover a sus ministros de educación.

Dentro de sus logros se encuentran la derogación de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) que provenía de las épocas de la dictadura, la desmunicipalización de la educación pública, la reformulación del sistema de becas y créditos para la educación superior, la creación de una Superintendencia de Educación Superior que tendría como fin la fiscalización de la prohibición del lucro en la educación y el lanzamiento del proyecto GANE (Gran Acuerdo Nacional de la Educación) y el FE (Fondo por la Educación), este último constando con un fondo de 4,000 millones de dólares. Por otra parte, en este grupo de indignados estudiantiles también es posible incluir a los jóvenes colombianos que se movilizaron en 2011 en contra del proyecto de reforma a la educación superior del presidente Santos (conocido como la Ley 30), la cual fue retirada del Congreso ante el Paro Nacional Universitario. El gobierno de Santos no ha vuelto a meter ninguna propuesta educativa en el Congreso.

El quinto tipo de jóvenes indignados son los que apuestan por las libertades en la red, en contra de la censura en Internet y a favor de la transparencia política y de las grandes corporaciones. Buscan que el acceso al internet y la banda ancha sean universales y que la libertad de expresión no sea coartada en el ciberespacio bajo el entendido de que la red debe ser neutral y que el software debe ser libre al igual que el acceso a la cultura, lo cual conlleva una reforma del sistema de patentes y derechos de autor. En este grupo entran los hackers o hacktivistas como Anonymous, cuya identidad posicionan detrás de máscaras de Guy Fawkes (quien fuera torturado por la corona británica luego de una fallida conspiración, pero nunca delató a sus cómplices).

En este grupo también es posible ubicar a los grandes filtradores de información como Assange, Manning o Snowden, quienes han dejado claro que el uso del ciberespacio todavía no es completamente libre ni inocuo, que los gobiernos tienen programas ampliamente desarrollados para espiarse entre sí y para monitorear a sus ciudadanos, que los datos personales son vendidos al mejor postor, que los metadatos pueden y deben ser entregados a las autoridades en aras del combate al terrorismo y que la guerra en el ciberespacio, principalmente librada entre Rusia, China y Estados Unidos es un retorno a las “proxy wars” de la Guerra Fría, tal como lo demuestra el caso de Snowden y su asilo temporal en Moscú.

Finalmente, el último grupo de jóvenes indignados es posible llamarlo “multipropósito”. Aquí se encuentran los movimientos juveniles #YoSoy132 de México, el Movimento Passe Livre y Copa pra Quem de Brasil y los jóvenes de la plaza Taksim en Turquía. Son multipropósito porque sus demandas abarcan un amplio espectro del debate político, económico y social de sus países: mejorar los sistemas de salud, mayor calidad de la educación, sistemas de transporte dignos y modernos, competencia en las telecomunicaciones, mayores oportunidades de empleo, renovación del sistema político, etc. Los tres tienen diversos orígenes pero comparten la multiplicidad de exigencias; en México surgen en medio de una campaña electoral como reacción a lo que ellos llamaron “imposición mediática de un candidato a la presidencia”; en Brasil surgen justamente durante la Copa Confederaciones de futbol cuando los ojos del mundo están puestos en el país futbolero por excelencia; y en Turquía surgen por un hecho que podría parecer nimio, como la construcción de un centro comercial, pero que desató la serie de agravios que los jóvenes venían guardando en el “exitoso” gobierno del primer ministro Erdoğan.

Hablando específicamente del caso mexicano, los principales logros del movimiento multipropósito #YoSoy132 fueron varios. El primero fue la movilización amplia, incluyente, organizada y sistemática de los jóvenes mexicanos por cauces legales, es decir, si bien su fundamento era una crítica razonada a las instituciones y el sistema político mexicano, los jóvenes nunca se convirtieron en un movimiento antisistémico y siempre preconizaron la movilización pacífica. El segundo logro se deriva del anterior y es que, con excepción del 1º. de diciembre, no cayeron en confrontación directa con las fuerzas del orden público, por lo que el estado no utilizó la fuerza para contenerlos ni reprimirlos, algo distinto a lo que sucede en Turquía e incluso en Brasil. El tercer logro fue meramente coyuntural, aunque representativo dadas sus demandas originales, y consistió en la oposición presentada al candidato puntero en las elecciones de 2012, Enrique Peña, el cual hasta antes de la aparición del 132 lideraba en solitario y las encuestas de opinión; si bien nunca dejó de liderarlas e incluso ganó la contienda, se vio obligado a presentar un decálogo referente a las libertades que su gobierno garantizaría; de igual forma lograron que las principales televisoras nacionales transmitieran el segundo debate presidencial. Por último, el cuarto logro tiene que ver con su demanda de mayor competencia en las telecomunicaciones; el movimiento en sí se organizó mediante el uso de nuevas tecnologías de información, e incluso lanzaron un debate presidencial vía internet; la recientemente aprobada reforma en materia de telecomunicaciones y competencia económica es el primero de los temas de su agenda que tiene impacto legislativo.

A la par de los logros, vienen las debilidades que enfrenta el movimiento. La horizontalidad, al estilo democracia participativa, que preconizan y practican lleva a la ausencia de liderazgos claros, lo cual hace muy difícil su desarrollo como movimiento social, les causa dispersión programática y los expone a ataques externos e infiltrados sin la capacidad para detenerlos, al mismo tiempo que hace más difícil la contención de las alas radicales que se imponen a las moderadas. De igual forma, la falta de recursos provoca desorganización y desaliento, pero así es el inicio de todos los movimientos. Por otra parte, en términos absolutos, su cobertura geográfica y social es mínima; principalmente, sus bases son jóvenes universitarios urbanos y capitalinos con acceso a internet; aquí surgen las siguientes preguntas: ¿es un verdadero movimiento nacional o es sólo del DF?, ¿es un movimiento exclusivo de jóvenes o también incorporará adultos?, ¿qué papel juegan otros movimientos, sindicatos y pueblos incluidos en este movimiento estudiantil?, ¿es un movimiento de clases medias?, ¿cuáles son las estrategias para superar la falta de acceso a internet en el país?

Además, se les ha criticado la vigencia de sus demandas, ¿eran meras exigencias de coyuntura?, ¿una vez ganadas sus luchas, qué sigue? La gran cantidad y dispersión de sus demandas, en muchas ocasiones no venía acompañada de propuestas, tal vez por la falta misma de recursos materiales y humanos para redactar iniciativas más allá de pliegos petitorios. Sin olvidar que el movimiento no tuvo la capacidad mediática para desmarcarse del principal candidato opositor Andrés López, aun a pesar de mantenerse siempre apartidista. Entonces, los principales retos del movimiento han sido superar la popularidad efímera que les otorgó la coyuntura electoral de 2012 y su capacidad de autocrítica y renovación.

Así, llegamos a las opciones actuales del movimiento. Una alternativa es que los jóvenes, principalmente sus dirigentes, decidan participar desde el sistema, es decir, que sean cooptados por los partidos políticos tradicionales, que se integren en la administración pública o que incluso firmen contratos con las televisoras que tanto detestaban (como ya sucedió); ésta no es una opción tan lejana; varios dirigentes del movimiento estudiantil de 1968 terminaron en la izquierda mexicana o como líderes de opinión; entonces no es tan extraña la posibilidad de verlos en puestos públicos o guiando el debate político futuro en los medios.

Otra alternativa sería la creación de un partido político nuevo, al estilo de los partidos piratas europeos, que participe por los cauces institucionales y mida sus verdaderas fuerzas electorales. O, por qué no, un partido político que sea capaz de formar coaliciones electorales y de gobierno relevantes en busca de sus demandas.

Por último, las alternativas más extremas serían la desaparición misma del movimiento, o incluso la radicalización de algunos de sus miembros, que podrían tomar el camino de la clandestinidad y la guerrilla, algo que no sería nuevo en México.

Sin embargo, sus opciones más viables al día de hoy parecen ir por la vía de la lucha social, la organización de la sociedad civil y la opinión pública. Entonces, sus alternativas son fortalecer el movimiento social, consolidarlo, institucionalizarlo y expandirlo. Para lograr lo anterior requerirán de una estrategia basada en una amplia campaña de difusión que vaya más allá del internet y las redes sociales, que involucre alianzas con otros medios de comunicación, con ONGs, con OSCs y con otros jóvenes emprendedores. Sus miembros podrían especializarse en cabildeo, buscar empresarios de políticas y conformar grupos de presión para lograr la consecución de sus fines. En pocas palabras, la opción de convertirse en emprendedores de políticas públicas es muy viable.

Para cerrar, parece que más allá de la reforma en materia de telecomunicaciones (de la cual falta su implementación), la administración actual, inmersa en el debate de otras reformas urgentes y del Pacto por México, ha preferido relegar el tema de los jóvenes para un segundo término, lo cual deja latente las inconformidades del 2012, que fueron su principal reto en la campaña presidencial. Hasta el momento, no ha aparecido ni una sola iniciativa que haga referencia directa a los jóvenes; el IMJUVE ha tenido un desempeño francamente nulo y tampoco se espera un mayor protagonismo. Cabe recordar el caso chileno, en donde las demandas estudiantiles de 2006 resurgieron en 2011, luego de que no fueron verdaderamente resueltas. Sería preferible resolverlas a tiempo.

A final de cuentas, como la historia nos muestra, las principales demandas juveniles, en el corto plazo se ven derrotadas política y electoralmente ante la rigidez del sistema político; sin embargo, en el mediano y largo plazos son incorporadas en la agenda pública y ganan esas batallas. Así, es posible concluir que las demandas juveniles son una suerte de avanzada de la agenda y el debate público por venir. Ya veremos.

 

Referencias

  • Judt, Tony, “El espectro de la revolución”, en Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, México, D.F., Taurus, 2011, pp. 569-613.
  • Marwick, Arthur, “Freedom, Turbulence, and Death”, en The Sixties. Cultural Revolution in Britain, France, Italy and The United States, ca. 1958-1974, Oxford, Oxford University Press, 1998, pp. 533-583.
  • Rodriguez Kuri, Ariel, “El lado obscuro de la luna. El movimiento conservador en 1968”, en Erika, Pani (coord.), Conservadurismo y derechas en la historia de México, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2009, pp. 512-559.
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