Obama 2.0: Migración y Política Exterior

23/01/13

Carpe Mundum

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Source: Uploaded by user via Pamela Vanjackson on Pinterest

El 21 de enero dio inicio el segundo mandato del Presidente estadounidense Barack Obama.  Durante los próximos cuatro años, Obama invertirá todo su capital político en impulsar una agenda multifacética que ya vislumbra tropiezos ante la robusta oposición de un Partido Republicano herido tras su derrota.  Para evitar lo que algunos historiadores norteamericanos llaman el “second term curse” o maldición de segundo mandato, Obama tendrá que actuar con tiros de precisión.  En esta entrada, intento desglosar algunos de los puntos importantes de la agenda y hacer notar cuán importante (o no) será el tema de la inmigración para la política exterior de 2013 a 2017.

Los temas de mayor importancia en la oficina oval no son internacionales.  Durante la elección, encuestadoras importantes como Gallup y Rasmussen coincidieron en los temas prioritarios para los estadounidenses: la economía y el desempleo.  Otros asuntos importantes incluyen el déficit fiscal, los impuestos, la educación y la salud pública.  La política exterior, e incluso la inmigración, dejaron de ser temas prominentes entre las prioridades de “Average Joe”.

Además de la magnitud de las preocupaciones en casa, someto que influyó el éxito relativo de Obama ante el exterior durante el primer mandato.  En cuatro años, sacó a las tropas de Irak, redujo dramáticamente la presencia en Afganistán, mató a Osama bin Laden y defendió al territorio nacional de cualquier ataque terrorista de gran escala proveniente del exterior.

No todos fueron aciertos.  No se olvida la tragedia en Benghazi.  Apoyó accidentadamente una controvertida intervención en Libia, titubeó ante las diferentes “primaveras” árabes, no ha desviado ni a Corea del Norte ni a Irán de sus aspiraciones nucleares y no hizo gran cosa por estrechar los vínculos con el hemisferio americano.

Sin embargo, los temas de política exterior que pueden, en ciertas circunstancias, mover a las masas, son los primeros y no éstos últimos.  Cualquier despliegue de tropas siempre tiene un impacto directo sobre las familias de los soldados.  Ahora, las incursiones militares han bajado de nivel.  La consecuencia es que el público americano desea ver acción en casa y regresó al estatus quo: poca preocupación por el resto del mundo.

Bajo ninguna circunstancia significa que el Presidente Obama no tendrá que equilibrar tareas tanto internas como internacionales.  Aunque Estados Unidos sea la única súper-potencia, no define los eventos globales en un mundo inherentemente anárquico.  Obama tendrá que seguir de cerca los desarrollos en Medio Oriente, apoyar a una Unión Europea política y económicamente debilitada, relanzar controles para la no proliferación de armas de destrucción en masa, negociar sobre el cambio climático y por si fuera poco, evitar una guerra comercial con China.  A los sujetos conocidos tendríamos que agregar aquellos que surgirán durante los próximos cuatro años y que pondrán a prueba la diplomacia de nuestro vecino del norte bajo el liderazgo de John Kerry.

Los temas de la agenda internacional tampoco son ajenos a la política interna de Estados Unidos.  Un asunto en particular que entrelaza ambas esferas como ningún otro: la migración.  En el discurso inaugural del Presidente Obama, hizo alusión, sin titubeos, a la necesidad de lograr una reforma migratoria integral.  Recordemos que el demócrata obtuvo más del 70% de los votos latinos, que representaron el 10% de la afluencia electoral total.  Un día después, Harry Reid (D-NV), líder mayoritario del Senado declaró la reforma migratoria una “prioridad”.  Mientras tanto, algunos de los republicanos más caprichosos en el debate, como la Gobernadora de Arizona, Jan Brewer (R), moderaron su tono.  Indudablemente se han dado cuenta que la cuestión migratoria ha aislado a la minoría electoral de mayor crecimiento.  De continuar esta tendencia, pronto no habrá forma de ganar una elección federal en Estados Unidos sin el voto latino.

El detalle es que desde México vemos el tema migratorio como política exterior, mientras los vecinos lo consideran algo exclusivamente interno.  La solución política, como se ha dicho anteriormente, no será un acuerdo bilateral, sino una reforma a las leyes en Estados Unidos.  Por ende, en la reforma migratoria encontramos un empalme de enorme consecuencia tanto para la política interna de EUA como para su relación con muchos países, particularmente Latinoamérica.  México no se entrometerá en la política interna de EUA; pero reconoce que tampoco puede ser indiferente ante la situación de millones de sus ciudadanos que habitan ahí.

En su primer mandato, la administración del Presidente Obama se distinguió por ser la que más extranjeros deportó en la historia reciente.  En cuatro años, fueron más de un millón y medio los expulsados de aquél país.  Obama también creció las filas de la Patrulla Fronteriza a un alto histórico.  Todo esto, en un momento en que la migración de México hacia Estados Unidos ha caído dramáticamente.  La ampliación del “Criminal Alien Program” significa que muchos de los deportados son personas con algún antecedente penal.  Las prioridades del Departamento de Seguridad Interna (DHS) bajo Janet Napolitano han focalizado los esfuerzos hacia quienes “han cometido delitos penales, cruzado la frontera recientemente, violado leyes migratorias de manera repetida o ignorado órdenes de cortes migratorias”.  Es decir, el gobierno de Obama no buscó activamente la deportación de jornaleros, sino de aquellos que pudiesen representar un riesgo para la seguridad pública o nacional.

Es indispensable considerar toda la gestión migratoria de Obama.  Hay que ver más allá de los números.  Su primera administración presentó litigios en contra de leyes de control migratorio estatales y defendió a los indocumentados en contra de discriminación a manos de policías locales.  Suspendió algunos de los controvertidos acuerdos 287(g) y reestructuró el programa “Comunidades Seguras”.  Aún más relevante, anunció una política de “acción diferida” para ciertos jóvenes indocumentados que arribaron a Estados Unidos a temprana edad y no tienen antecedentes penales (ante la imposibilidad de aprobar el DREAM Act).  En resumen, la balanza de sus acciones ejecutivas es positiva; pero no trascendió al ámbito legislativo.

Ya reelecto, ni la acción diferida ni el DREAM Act serán suficientes para los activistas pro-inmigrantes que exigen una reforma que regularice, de alguna forma a quienes han hecho su vida de manera pacífica en ese país y forman parte medular de su economía.

La presión es enorme y el capital político limitado. En tales condiciones, todas las acciones presidenciales implican un riesgo.  Tendrá la oportunidad, como todo presidente, de remediar desaciertos en casa con éxitos de política exterior que afiancen su legitimidad.  Esto será importante mientras la Cámara de Representantes siga dominada por los republicanos.

Si el tono de su segundo discurso inaugural y la energía con la que ha capitalizado el debate sobre el control de armas son indicadores de la gestión que comienza, estamos presenciando a un Barack Obama distinto.  Dadas las divisiones políticas del país en los últimos cuatro años y la estridencia del debate en cuestiones de primera importancia, Obama únicamente forzó temas e iniciativas que tenían buenas (o seguras) probabilidades de ganar.  En un segundo mandato, ya no se preocupa por la reelección, a diferencia de la mitad del congreso.  Obama dependerá de la opinión pública para impulsar las iniciativas que más le importan.  Para lograrlo, su imagen dentro y fuera del país deberá mantenerse fuerte, estadista y pragmática. Todo indica que la prueba de fuego será la reforma migratoria.

 

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