Lecciones trágicas

28/01/13

Logan Sandoval 

Recordemos hoy y por siempre

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Campo de Concentración de Sachsenhaus. La leyenda en la puerta dice “el trabajo te hará libre”

La Asamblea General de las Naciones Unidas en la resolución 60/7 designó, el 27 enero (aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazi) como el Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto. Instando a todos los Estados miembros a movilizar a la sociedad civil en pro del recuerdo del Holocausto, con el fin de ayudar a prevenir actos de genocidio en el futuro.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Europa enfrentaba gran presión demográfica. Para dar solución a esta situación, algunas personas propusieron proyectos que buscaban la exportación de personas y posibles países receptores. La concepción eurocentrista de la época (encabezada por el demógrafo Eugene Kulischer) indicaba que al exportar el excedente poblacional europeo se evitaría una guerra mundial. Pensaban que al enviar a las colonias el caldo de cultivo para los conflictos, mantendrían a las metrópolis a una distancia segura de ellos. En resumen, no guerras en Europa, igual a no guerras mundiales. Por ello, las minorías se convirtieron en una cuestión central en el ordenamiento mundial. La Liga de Naciones y su innovador modelo pretendía asegurar el respeto a los derechos de las minorías, así como prevenir que se convirtieran en la mayor fuente de conflictos internacionales. Sin embargo, estos esfuerzos fueron insuficientes; los grandes poderes nunca estuvieron preparados para insistir a sus aliados del Este en que los respetaran, pues ellos mismos no lo hacían (recordar la segregación racial en Estados Unidos).

El ascenso del nazismo demostró la capacidad que tenían los movimientos nacionalistas para expulsar en masa a las personas no deseadas. El modelo nacionalsocialista consideraba la eliminación de las minorías como parte necesaria de un nacionalismo moderno. Pretendía racionalizar la transferencia y el intercambio forzado de población de manera negociada y organizada. Buscaba evitar que las movilizaciones de personas fueran el resultado desorganizado de la guerra. Este modelo encontró en los campos de concentración su forma de lidiar con las minorías. Durante la Segunda Guerra Mundial, millones de personas que no se ajustaban a la perversa ideología de la perfección aria fueron sistemáticamente perseguidas, objeto de redadas y trasladadas a campos de exterminio. Algunas fueron asesinadas inmediatamente; a otras se les hizo trabajar cruelmente hasta la muerte.

Para evitar que actos de esta naturaleza volvieran a suceder, Raphael Lemkin, abogado judío que sufrió la invasión alemana a Polonia pugnó por un nuevo e incluso más duro régimen legal de salvaguardas que criminalizara la persecución de las minorías. Acuñó el término genocidio, pues insistía en la necesidad de verlo como un todo. Es decir, como la serie de actos destinados a la persecución y destrucción de grupos nacionales o étnicos. En 1946 apuntó la necesidad de que existieran intervenciones en los asuntos internos de los países en pro de la protección de las minorías. Sin tener éxito, intentó cabildear con delegados en Paris, la inclusión de provisiones para que las minorías apelaran ante las Naciones Unidas y ellas a su vez, pudiesen aplicar sanciones cuando fuese necesario. Para diciembre del mismo año, logró que la Asamblea General pidiera que se preparara una convención sobre genocidio, la cual sería adoptada en 1948. Esta convención dejó a un margen el “genocidio cultural” que Lemkin consideraba el alma de la misma. No obstante esta omisión, la labor de Lemkin continua siendo hasta nuestros días uno de los mejores mecanismos internacionales para evitar el genocidio y un recuerdo latente del sufrimiento que dejaron a su paso los gobiernos totalitarios del siglo anterior.

Nos ha costado muchos tropiezos aprender la lección de respeto a los derechos de las minorías. Los genocidios en Ruanda y Yugoslavia no se encuentran muy alejados de nuestros días. El siglo pasado es considerado por muchos como el siglo de los genocidios. Las capacidades bélicas de los estados ponen en peligro a gran número de poblaciones cuando las maquinarías de la muerte se echan a andar. Por ello, días internacionales como éste nos recuerdan que es nuestra labor diaria respetar los derechos de las demás personas e inculcar estos valores de respeto a las generaciones venideras. En ocasiones, el dolor provocado por los seres humanos no tiene límite y, si nos descuidamos, horrores de ésta naturaleza nos pueden volver a sorprender.

 

Logan Sandoval colabora en la Secretaría Técnica para el Consejo Consultivo, CNDH. Es licenciado y maestro en Relaciones Internacionales.

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