Happily ever after? Multiculturalismo y xenofobia en Europa

04/06/13

Frania Duarte*

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Comerciantes en el Viejo Puerto de Marsella. Foto de Artiom Kusci

En 2010 la canciller alemana, Angela Merkel, dijo que el multiculturalismo había fracasado. Posteriormente, el primer ministro británico, David Cameron, se sumó a la misma postura señalando que los británicos han “estimulado a diferentes culturas a vivir separadas de la sociedad” y no logran “construir una sociedad a la que estas culturas quieran pertenecer”. Un año después el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, sostuvo que el multiculturalismo no sólo había fracasado en Francia sino en Europa.

Desde entonces el debate en torno a la inmigración en Europa se ha intensificado. La crisis económica coadyuvó a tal fin en tanto que los sectores políticos ultraconservadores han intentado adjudicar las culpas de una parte de la crisis y el desempleo a los inmigrantes –principalmente a los de origen musulmán–, convirtiéndose en un tema políticamente rentable para aquéllos. Por desgracia su estrategia ha funcionado, ya que su popularidad ha incrementado entre algunos sectores de la sociedad.

Y digo por desgracia porque se trata de una problemática social que provoca reacciones extremas y violentas de ciudadanos que ven en el otro, el diferente a su raza y cultura, un actor anómalo que debe ser combatido. Y, lo peor, es que es una actitud que está siendo fomentada desde partidos políticos con registro, como el de Marine Le Pen en Francia… ¡Desde el propio gobierno!

Por supuesto que desde los partidos políticos no se ordena insultar o golpear a los inmigrantes, sino que se pide reforzar la política migratoria. Sin embargo, declaraciones, como la del político de la izquierda danesa, Alex Ahrendtsen, quien dijo “si tomamos a estas 300 personas con la ayuda del Estado, de la Policía y las echamos del país… eso resolvería todos los problemas”, bastan para explicar casos como el de la masacre que cometió Anders Breivik contra las juventudes laboristas en Noruega por su postura en pro de la inmigración; o el caso, la semana pasada, de un español que arrojó a las vías del tren a una magrebí por racismo.

“Es como una guerra entre ellos [árabes] y nosotros [franceses], la cual nosotros tenemos que ganar”, así fue como una vez un francés en contra de la inmigración musulmana me describió la situación. Y continuó: “ha habido ocasiones que, sin provocarlos, han golpeado a franceses y francesas… Hay otros que incluso portan camisetas que en lugar de decir ‘Viva Francia’ dicen ‘Muera Francia’”.

Pero también está la otra cara de la moneda: la opinión y los sentimientos de los discriminados y segregados, de los inmigrantes. Así que se defienden… aunque muchos de manera violenta. Al menos eso es lo que explican los jóvenes suecos que hace dos semanas iniciaron disturbios en las afueras de Estocolmo, donde la mayoría de los habitantes son inmigrantes musulmanes sin acceso a educación y carentes de empleo.

Sin embargo, el comportamiento a veces violento de los musulmanes suele responder a otros dos factores vinculados entre sí: el rechazo a la minoría y la victimización.

En el primer caso, tenemos que la agresión ocurre principalmente hacia los musulmanes, lo cual éstos sienten como un ataque directo a lo que significa ser musulmán, a su doctrina, no sólo a su condición de inmigrantes, todo lo cual se convierte en un resentimiento hacia lo que es diferente a ellos, de lo que se deben defender y, por ende combatir.

En esto tuvo mucho que ver, por cierto, la propaganda que el gobierno del ex presidente G. W. Bush hizo tras los ataques terroristas de septiembre de 2001, por lo que en muchas partes del mundo occidental se ve a los musulmanes con recelo y se tiene la percepción de que todos son extremistas y terroristas.

Pero también existen ocasiones en las que se aprovechan estas situaciones para la victimización. De repente vemos un discurso desde los países musulmanes en donde culpan del subdesarrollo a occidente, cuando en muchos de los casos la corrupción de sus propios gobiernos y la mala distribución de la riqueza los ha puesto en la situación de pobreza en que viven. Basados en esto, islamistas, como los que hace días atacaron a un soldado francés y uno británico, justifican sus actos.

Al final la situación se asemeja a un estado de guerra entre occidentales y musulmanes. Ambos radicalizados, ambos aduciendo a la superioridad de sus propias culturas y razas.

Merkel, Cameron y Sarkozy dijeron que el multiculturalismo fracasó. Ahora bien, para que algo fracase debe haber un antecedente que explique el fracaso. Quizá un primer acercamiento al posible origen del problema es no haber definido, en la narrativa y en los hechos, sobre qué significa exactamente el multiculturalismo. En la teoría y desde la narrativa se dice que se trata del respecto a otras culturas y a las minorías (aunque en algunos casos esta perspectiva ha sido polémica cuando se trata de las prácticas de la ablación femenina o el uso de la burka). En la práctica, en cambio, no sólo se habla de integración sino de asimilación, en donde se trata que las minorías no sólo se adapten sino que adopten la cultura de sus nuevas sociedades.

Ahora bien, otro problema es cómo se diseñan e implementan las políticas por las cuales se integre a los inmigrantes. Por ejemplo, Merkel y Sarkozy alguna vez declararon que todos los inmigrantes deberían hablar alemán y francés, respectivamente. Pero, ¿cómo le hace, digamos, un etíope que sale de su país en busca de mejores oportunidades económicas y laborales para saber alemán o francés una vez que llegue a Alemania o a Francia? Y si no tiene los medios económicos, ¿cómo le hace para, una vez estando en cualquier de esos países, comenzar a estudiar el idioma? ¿Quién le enseñará algo sobre la cultura alemana o francesa?

En este caso la problemática debe ser abordada desde varios frentes. Por un lado, enseñar a las sociedades de acogida que lo diferente a ellos no es sinónimo de anómalo o enemigo. Por otro lado, debe existir orientación del país de acogida al inmigrante, así como esfuerzos por hacer que aprenda el idioma, la historia y la cultura, con lo cual se estarán sentando las bases para que se adapte a las nuevas reglas del juego. Todo esto debe de darse en el marco de la tolerancia y el respeto mutuos, siempre y cuando las culturas no atenten contra la dignidad humana (como la ablación femenina, por ejemplo).

Discriminar y segregar a las minorías significaría seguir reproduciendo el patrón de odio entre las sociedades. Recordemos un caso de éxito en Estados Unidos, cuando Erin Gruwell, profesora de una escuela donde reinaban los conflictos interraciales, logró inyectar una dosis de tolerancia entre sus estudiantes afroestadunidenses y latinos, principalmente. El proceso fue largo porque siendo una profesora blanca al inicio no era aceptada por sus alumnos. Ella se dio cuenta de que uno de los factores que influían en el comportamiento de éstos era la indiferencia que la sociedad tenía hacia ellos; que nadie los escuchaba ni, mucho menos, intentaba entender su situación. Así que ella les prestó atención y les enseñó que la tolerancia es base importante para la convivencia.

Si se siguiera un patrón similar en otras partes, mostrando más interés por los inmigrantes –que no necesariamente compasión– quizá podría revitalizarse esta parte del tejido de la sociedad. Por ejemplo, los jóvenes de los suburbios suecos que son discriminados y, por tanto, no pueden acceder a los servicios educativos que deberían tener, están condenados a vivir una vida donde tampoco tendrán oportunidades laborales. Si el Estado sueco no decide poner manos a la obra también estará condenado a vivir con esta problemática. Sin embargo, el inmigrante también tiene la responsabilidad de hacer lo posible por integrarse y no esperar a que el proceso sea completado única y exclusivamente por el Estado de acogida.

Después de las declaraciones de Sarkozy y Merkel parece quedar claro para muchos que el multiculturalismo europeo fracasó. En contraste, algunos suelen referirse a Canadá o Australia como casos de éxito del multiculturalismo. Por fortuna, y para bienestar de sus sociedades, esos países no han sido testigo del recrudecimiento de los radicalismos y la violencia racial que hemos visto en Europa. Pero también hay que tomar en cuenta que sus políticas migratorias son mucho más restrictivas y se privilegia el ingreso de inmigrantes altamente calificados.

Así las cosas, el multiculturalismo es un tema complejo y espinoso cuando se debate. Pero no por ello debe evadirse. Al contrario, los crecientes flujos migratorios actuales demandan la profundización de este debate en tanto que la convivencia entre grupos diversos será una de las piezas fundamentales para el bienestar social y económico de las sociedades. Si se permite que el racismo recrudezca seguramente volveríamos a ser testigos de eventos violentos que se saldrían de control.

*Frania Duarte es asistente de investigación en el Área de Estudios Estratégicos del Centro de Investigaciones Sobre América del Norte, profesora adjunta en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y colaboradora en Revista Cuadrivio. @franiadu

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