En la mira

02/05/13

Frania Duarte*

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Dzhokhar y Tamerlan Tzarnaev. Imagen: FBI

El atentado terrorista en Boston el pasado 15 de abril sorprendió a muchos. Conmocionó, desde luego, por haber sido efectuado en medio de un maratón dedicado a los fallecidos en Newtown, Connecticut en diciembre; pero quizá lo que más sorprendió fue que Estados Unidos haya vuelto a vivir, en suelo propio, un ataque terrorista.

Tras el refuerzo de la seguridad a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 se esperaba que la inteligencia estadunidense fuera capaz de frustrar actos similares. Y, efectivamente, lo ha logrado en algunos casos. Evitó, por ejemplo, que un coche bomba detonara en noviembre de 2010 en Portland; o que en el primer aniversario de la muerte de Osama bin Laden estallara una bomba en un avión comercial. Sin embargo, parece haber fallado en otros. Así, la torpeza y/o nerviosismo del nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab, al no haber conseguido activar la bomba que planeaba hacer estallar en el avión en el que viajaba de Amsterdam a Detroit la Navidad de 2009, salvó a los 300 pasajeros que ahí se encontraban.

Pero la gran interrogante es si estas cuestiones son total y única responsabilidad de los servicios de inteligencia y policiales estadunidenses. Cierto es que éstos deben evitar sucesos semejantes y, por ende, tienen que estar alertas y seguir las pistas de potenciales sospechosos. En este sentido, pudieran ser atinadas las críticas que se están haciendo al FBI por no haber mantenido en su radar las actividades de los hermanos Tsarnaev, responsables de las explosiones de Boston, después de que en 2011 recibieran información de la inteligencia rusa sobre que el mayor de ellos, Tamerlan, comulgaba con ideas del islam radical y planeaba unirse a un grupo clandestino en la misma Rusia. Sin embargo, el FBI se defiende señalando que lo interrogó e investigó y que no encontró indicios que lo relacionaran con actividad terrorista. Además, es curioso que los rusos no lo interrogaran cuando se internó en su territorio en enero de 2012.

Pero de lo que no se puede responsabilizar a los servicios de inteligencia es del entorno en que personas como los hermanos Tsarnaev o Umar Farouk Abdulmutallab han crecido y de las ideas radicales a las que pudieran estar expuestos. Desde luego, no hay que ceder paso a la paranoia y pensar que todos los musulmanes aceptan y apoyan la jihad. Pero sí hay que estar conscientes de que son condiciones presentes en algunas personas y/o sociedades y, entonces, aquí la ardua tarea para el resto es repensar el mundo y repensarse a sí mismos. Son los sentimientos nacionalistas y los fundamentalismos que, apelando a la superioridad y, en términos generales, a una visión maniquea de su entorno han derivado en conflictos donde miles de vidas se han perdido mientras que los enojos han perdurado.

El resentimiento contra Estados Unidos persiste, se agravó con las guerras en Afganistán y en Irak. Cierto es que la ocupación iraquí fue ilegal y que ni ahí ni en el caso afgano la paz y la democracia han sido alcanzadas; y que, en términos generales, Estados Unidos ha llevado a cabo diversas intervenciones militares que de ninguna manera han sido por mera empatía hacia las naciones que se han visto involucradas en ellas. Por otro lado, son innegables las condiciones de marginación padecidas en regiones del mundo musulmán, o la violencia de que son víctimas, a manos del gobierno ruso, ya no sólo los musulmanes radicales, sino casi todos los que profesan esa religión en el Cáucaso Norte. Son condiciones tan denigrantes e indignantes que algunos, en la desesperación y en la búsqueda de los por qués, encuentran en las ideas radicales una respuesta y consideran que será a través de tácticas terroristas o de la jihad –en el caso de los musulmanes– la forma en que podrán conseguir que las generaciones que los sucedan vivan mejor que ellos. No se detienen a ver que, en ocasiones, parte del estancamiento ha sido producto de la corrupción y el autoritarismo de sus gobiernos, los cuales no han dudado en echar las culpas al exterior. (Desde luego, esto no quiere decir que el terrorismo lo deban de dirigir a sus gobiernos)

Querer alcanzar una solución pronta a estas condiciones no es fácil, tampoco lo es pretender cambiar la visión que los extremistas tienen de sí y del mundo. Pero sucesos como los de Boston son un llamado para trabajar al respecto ya que, por lo pronto, en el ideario colectivo de algunos extremistas, Estados Unidos y otras naciones siguen siendo actores anómalos para su existencia y los que recurren a tácticas terroristas para reivindicar su causa los siguen teniendo en la mira.

 

*Frania Duarte es Asistente de investigación en el Área de Estudios Estratégicos del Centro de Investigaciones Sobre América del Norte, Profesora adjunta en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y colaboradora en Revista Cuadrivio. @franiadu

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